lunes, 27 de julio de 2015

La habitación de los espejos rotos

En la habitación de los espejos rotos dicen que puedes dormir de un tirón, y si en verano abres las ventanas entra una brisa ligera que incluso te producirá un sutil ronquido de puro placer. En la habitación de los espejos rotos se trabaja bien, con los codos apoyados en un pequeño escritorio de madera al que van engarzadas estanterías donde colocar libros, papeles y un flexo. También hay un armario, con muchos cajones en los que antiguos huéspedes olvidaron objetos tan dispares como un guante desparejado o un aparato de dientes de plástico transparente. Las paredes tienen multitud de cicatrices, la mayoría marcas de posters que ya no están; aunque mi favorita es el fantasma de un cuadro ovalado que ha dejado la sombra del marco. Me gusta pensar que hace años allí había un camafeo de alguien importante. Una de las losas del suelo de terrazo está agrietada en el borde y si la pisas muy fuerte se estremece como si quisiese salir de ahí de un brinco. A veces tengo la sensación de que, en realidad, se trata de una trampilla que oculta un tesoro, o tal vez una tumba, que al fin y al cabo es más o menos lo mismo. Hasta ahí todo es bastante ordinario en esta habitación, pero si la contemplas a través de los espejos rotos cambia por completo. Intenté hacer una foto de la imagen vista desde el azogue, pero esta empezaba a desaparecer en cuanto disparaba. Traté de engañar a los espejos con una velocidad de obturación muy alta, y aun así la mitad del reflejo conseguía zafarse y no existía en la fotografía. Un día logré burlar su mecanismo a prueba de fotografías. La cuestión no era disparar muy rápido, sino hacer largas exposiciones, para que todos los movimientos que conformaban la transformación de la habitación tangible a la habitación reflejada quedasen grabados. El disparo duró veinticuatro horas. No dormí, di vueltas en la habitación esperando que mi experimento funcionase. Funcionó, todos los elementos extraños que solo se reflejaban en el espejo aparecieron en la imagen, yo incluida. Ese fue el precio de mi hazaña, pasé a formar parte de la fotografía y del reflejo; abandoné el mundo de los objetos ordinarios al otro lado. Entonces entendí que de este lado del espejo en el que ahora me encuentro todos intentamos empujar el cristal y golpearlo con toda clase de materiales para escapar. Lo único que queda de ese esfuerzo desalentado son las fisuras que dan nombre a la habitación de los espejos rotos.