sábado, 22 de mayo de 2010

Mi estufa

Siempre he sabido el día exacto en el que el invierno llega porque la estufa implora que la encienda. Es una estufa de pared, un mamotreto, una antigualla, pero aun así, me prendí de ella y la amo. La amo en diciembre, enero, febrero, marzo, incluso en abril. Durante los meses en los que florece nuestro amor, la habitación se convierte en un campo de batalla, nuestra guerra, nuestro cuerpo a cuerpo, mi espalda y su barriga abrasadora. Entro en casa con el cuerpo frío y púrpura como un batido de moras, franqueo el pasillo y luego la puerta: allí está ella, apuntándome con unos resquicios que despiden un calor demasiado sugestivo para resistirse. Me rindo y dejo que me derrita, que me funda, que me transforme en magma y sea yo también un venenoso foco de calor. Ella no me pide nada más que mi compañía. Yo la acompaño, pero un día sucede que me canso, le quito la respiración y la abandono. El invierno es un romance entre un cuerpo y una estufa hasta que la primavera los separe.

2 comentarios:

El hombre sin sombra dijo...

Yo quiero una estufa así. La mía siempre está demasiado fría.

Saludos desde la lejanía.

Los oficios terrestres dijo...

Casi como una amante estacional...