jueves, 3 de marzo de 2016

Él, el otro, los demás y yo

Me gustaría saber si él ha escrito algo en su diario sobre esa fotografía pegada en la pared de mi salón. En realidad, no es mía, sino del otro. Aún así, a él le gustó mucho. Por supuesto, no sabía que pertenecía al otro. Se habría enfadado, o habría fingido que le parecía muy vulgar, o muy cursi, o muy negra. También me gustaría saber si el otro se acuerda de haber tomado esa foto que tanto me impactó. Más todavía, querría saber si el otro sabe que es el otro. Él se cree él, y por eso le perturba cualquier acercamiento del otro. Teme que el otro deje de ser otro y se convierta en él. Me pasó lo mismo cuando conocí a la otra. Al principio, yo no dudaba de que yo era yo, pero luego, en alguna ocasión escuché a personas ajenas, lejanas, referirse a mí como la otra. Cuando lo analicé con frialdad, dejó de molestarme. Esas personas no eran importantes para mí, así que no me importaba no ser yo para ellas. Solo me preocupaba por ser yo para los que yo veía como ellos mismos. Ahora bien, imagina que él, a quien considero él por encima de todos los demás, se da cuenta del aprecio que siento por el otro. En un ataque de celos o de narcisismo me forzaría a dejar de ser yo, al menos durante un rato. Y yo no podría evitar dejar de verlo como él mismo, se me antojaría un poco igual a los demás, al menos también durante un rato.

lunes, 27 de julio de 2015

La habitación de los espejos rotos

En la habitación de los espejos rotos dicen que puedes dormir de un tirón, y si en verano abres las ventanas entra una brisa ligera que incluso te producirá un sutil ronquido de puro placer. En la habitación de los espejos rotos se trabaja bien, con los codos apoyados en un pequeño escritorio de madera al que van engarzadas estanterías donde colocar libros, papeles y un flexo. También hay un armario, con muchos cajones en los que antiguos huéspedes olvidaron objetos tan dispares como un guante desparejado o un aparato de dientes de plástico transparente. Las paredes tienen multitud de cicatrices, la mayoría marcas de posters que ya no están; aunque mi favorita es el fantasma de un cuadro ovalado que ha dejado la sombra del marco. Me gusta pensar que hace años allí había un camafeo de alguien importante. Una de las losas del suelo de terrazo está agrietada en el borde y si la pisas muy fuerte se estremece como si quisiese salir de ahí de un brinco. A veces tengo la sensación de que, en realidad, se trata de una trampilla que oculta un tesoro, o tal vez una tumba, que al fin y al cabo es más o menos lo mismo. Hasta ahí todo es bastante ordinario en esta habitación, pero si la contemplas a través de los espejos rotos cambia por completo. Intenté hacer una foto de la imagen vista desde el azogue, pero esta empezaba a desaparecer en cuanto disparaba. Traté de engañar a los espejos con una velocidad de obturación muy alta, y aun así la mitad del reflejo conseguía zafarse y no existía en la fotografía. Un día logré burlar su mecanismo a prueba de fotografías. La cuestión no era disparar muy rápido, sino hacer largas exposiciones, para que todos los movimientos que conformaban la transformación de la habitación tangible a la habitación reflejada quedasen grabados. El disparo duró veinticuatro horas. No dormí, di vueltas en la habitación esperando que mi experimento funcionase. Funcionó, todos los elementos extraños que solo se reflejaban en el espejo aparecieron en la imagen, yo incluida. Ese fue el precio de mi hazaña, pasé a formar parte de la fotografía y del reflejo; abandoné el mundo de los objetos ordinarios al otro lado. Entonces entendí que de este lado del espejo en el que ahora me encuentro todos intentamos empujar el cristal y golpearlo con toda clase de materiales para escapar. Lo único que queda de ese esfuerzo desalentado son las fisuras que dan nombre a la habitación de los espejos rotos.

domingo, 12 de julio de 2015

Puntos suspensivos

—:o —contestó ella mientras dejaba caer el cuerpo muerto en el diván.

—^^ —mintió él, ocultando una patente incomodidad.

—^^ —remedó ella sin saber muy bien cómo reaccionar.

—:/ —soltó él, cansado de disimular.

—:/ —respondió ella mecánicamente.

—¬¬ —objetó él  mostrando el hastío que le provocaban sus réplicas, que no eran más que un calco de las suyas.

—xd 

X_x  —amagó él sin dar crédito, su reacción le resultaba irritante porque nada le crispaba más los nervios que la gente que hacía «xD» con «d» minúscula.

—… —hicieron ambos al unísono.

Así pasaron el resto de su vida, suspendidos en una indiferencia irrespirable. Nadie habría imaginado que un inofensivo juego que consistía en imitar las muecas de los emoticonos acabaría de una manera tan funesta. Tal era la conmoción de los amigos y conocidos al ver el estado de aquella pareja que tan feliz había sido antaño que ni siquiera pudieron esbozar un simple O.o.

miércoles, 3 de junio de 2015

Asfixia en la sala de espera de un hospital

Hoy me atraganté con un trozo de boca, y cuando fui a sacarlo se había encajado en el tubo del esófago. Le pedí a mi madre que me diera palmadas en la espalda porque sentía que me iba a ahogar de un momento a otro, y nunca había imaginado que mi muerte podía ser tan triste, tan triste que todos llorarían de la risa. De verdad que me sentía peor que un trozo de suela despegada de una zapatilla. Mi madre acudió apresurada y me pegó tan fuerte que casi quise morirme, aun sabiendo que en mi funeral todos se desternillarían a escondidas. De golpe recobré la respiración. Algo salió expelido de mi rostro, aunque no estoy muy seguro de qué orificio provenía, ya que estamos condenados a no poder vernos la cara si no es a través de un reflejo o una fotografía. Me acerqué a esa masa extraña que yo mismo había escupido con tanto vigor que había saltado hasta el otro lado del sofá. La agarré con ambas manos y deduje que se trataba, como intuía, de mi propia boca. Le dije: vaya, tú por aquí, qué extraño encontrarte en este lugar. Y me di cuenta de que el sonido no provenía de mi rostro, sino que mi boca, ya desgajada de cualquiera de mis rasgos faciales, se movía y pronunciaba todo aquello que desde mi cabeza podía maquinar. Ese momento de sorpresa se esfumó enseguida, pues lo extraño hubiese sido que mi propia boca no emitiese las palabras que yo pensaba. Aun así, continué hablándole como si fuera un desconocido con el que debes compartir sala de espera en el médico. De lejos se nota que yo gozo de una salud portentosa, así que no sabía muy bien qué podría estar haciendo en una hipotética sala de espera de un hospital. La situación empeoraba a ritmo vertiginoso, pues no solo no estaba muy convencido de querer estar allí, sino que además, el turno no me llegaba nunca. Me levanté de un brinco y le dije a mi boca: Mira, ya estoy harto, me voy, ahí te quedas. Entonces sí que ocurrió algo inaudito, antes de que consiguiera empuñar el pomo de la puerta para salir pitando escuché: Si te separas de mí, y no dejas que sea yo la que habla por ti, ¿quién va a querer escuchar semejantes tonterías como todo este paripé que acabas de montar?

sábado, 4 de abril de 2015

Una novela portuguesa

Le llegó un encargo de traducción al castellano de una novela portuguesa. Al recibir el libro, el traductor quedó perplejo, pues ya en la primera página se topó con un texto en una lengua que él no dominaba: el neerlandés. Volvió a leer las condiciones del encargo. Se trataba, en efecto, de una novela en portugués. Consultó entonces el libro de estilo de la editorial y según las normas, las citas que en el original apareciesen en un idioma distinto, no se traducirían en la versión castellana. Consideró, pues, que aquellos primeros párrafos eran una cita en neerlandés, pero pasaba las páginas y no había rastro alguno de gramática románica. El traductor se limitó a teclear letra por letra el relato en neerlandés. Acabó el trabajo más rápido que nunca. La edición castellana solo difería de la portuguesa en la portada. El libro se editó después en más de dieciséis países. Nadie lo entendía y por eso todos lo comentaban. Nadie lo entendía y por eso todos los críticos, estudiantes de literatura, e incluso muchas amas de casa buscaban cualquier altibajo en una conversación para opinar sobre él. Nadie lo entendía y por eso todos lo compraban. Mientras tanto, en los Países Bajos, el libro cayó en el olvido, entre todos los periódicos y revistas literarias nacionales las escasas reseñas no alcanzaban para llenar más de dos folios.

sábado, 28 de febrero de 2015

Verosímil

Para sembrar la duda solo se necesita un ingrediente: verosimilitud. La verosimilitud se opone a la verdad y, en última instancia, se asocia con la narrativa; mientras que la verdad se relaciona con la realidad. ¿Pero cómo separar lo verosímil de lo veraz? ¿Cómo reconocer uno y otro? Recuerdo que una de las lecturas que me marcó en la infancia fue Peter Pan. Tras leerlo me convencí de que podía volar, estaba seguro de que era capaz de mantenerme en suspensión a una altura de más de un metro por encima del suelo y de que con la práctica mejoraría. En el colegio me enamoré de una chica que iba a la clase de al lado y la imaginé como había imaginado a Wendy. La quería con el frenesí de un niño de ocho años y ese amor alimentaba mis fantasías, daba fuerzas a mi vuelo y a la creencia de que algún día surcaríamos el cielo ella y yo hasta Nunca Jamás. Un día durante el recreo vi cómo un chico un año mayor que yo se sentaba al lado de mi enamorada y la besaba en la mejilla. Fue mi primer desengaño amoroso. Esa misma tarde, al llegar a casa, me subí encima de la mesa del salón y estiré los brazos hacia arriba. Era el ritual que yo suponía había de seguir para levantar el vuelo. No ocurrió nada, ni siquiera despegué un solo dedo meñique de la mesa. Mi amor se había agotado y con ello dejé de creer que podía volar. Les confieso esta anécdota a ustedes porque sé que alguna vez han experimentado algo parecido; sé que alguno de ustedes le ha dibujado en su mente un cuerno a un caballo y ha dado vida a un unicornio, o quizá ha cogido a ese mismo caballo al que otro le había colocado un cuerno y, en lugar de eso, ha cambiado la cabeza de animal por la de un hombre y ha visto centauros. El amor es un gran catalizador de la verosimilitud y entre la verosimilitud y la verdad las fronteras no están bien definidas. 

Fragmento de Rari nantes, Gadir, 2015

jueves, 8 de enero de 2015

Variaciones sobre un tema de Schrödinger

La señora Schmidtker se encargaría de cuidar al gato de Schrödinger durante las dos semanas en las que este estuviese en el extranjero, en un importante congreso científico. No fue tarea fácil y la señora Schmidtker sabía que le costaría ganarse el cariño de aquel gato al que el comportamiento extravagante de su dueño había vuelto medroso y desconfiado. Ni siquiera se había molestado en ponerle un nombre, así que en el vecindario todos lo conocían como el gato de Schrödinger. La pobre señora Schmidtker acababa exhausta al tener que pronunciar tantas veces aquel pseudónimo tan largo e impronunciable incluso para ella. Gato de Schrödinger, Gato de Schrödinger, gritaba mañana y noche, ya que el minino se escondía en los recovecos más remotos de la casa, acostumbrado a huir de su dueño, por el que sentía auténtico pavor y del que sospechaba fantaseaba con envenenarlo. El día en que se esperaba la llegada del señor Schrödinger, la señora preparó un pastel de arándanos para darle la bienvenida. Dejó todo su afecto y ternura en la cocina y estaba tan atareada aplastando los arándanos con sus frágiles y arrugadas manos que no se dio cuenta de que había dejado entreabierta la puerta del salón, que daba hacia el jardín, como tampoco se percató de que el gato aprovechó esa rendija de libertad para escapar. Aquella noche, ni siquiera el delicioso postre pudo calmar la congoja de la señora Schmidtker o perturbar la frialdad del señor Schrödinger. Todavía hoy se ignora el paradero del gato, y sobre todo si sigue vivo o muerto.