viernes, 30 de septiembre de 2011

Dos vejigas tristes


La cuestión es bien sencilla; cada vez que reíamos, que nos mirábamos cómplices o que compartíamos un silencio agradable, añadíamos un poso de café en una una taza. Por supuesto, esto no hay que tomárselo al pie de la letra. Introducíamos un poso de café imaginario dentro de un vaso también ficticio. Al poco tiempo se fueron acumulando y enseguida, a base de posos de café, llenamos una taza. Tomábamos como patrón una taza de café con leche, unos ciento cincuenta mililitros. A los tres días el café rebosaba y decidimos verterlo en un termo de gran capacidad. Sin darnos cuenta fuimos rellenando una cantidad obscena de tazas y vasijas. Un año después nos despedimos para siempre. ¿Qué hacemos con todo el café acumulado?, me preguntó. Yo calculé que debía de existir un océano de cafeína después de aquel año. ¿Nos lo bebemos?, sugerí. En una noche nos lo acabamos todo y nos resultaba muy difícil no añadir más posos. Después de eso pasamos meses enteros sin dormir con la vejiga hinchada de lágrimas. Maldecimos el día en que nos aficionamos al café.