jueves, 2 de octubre de 2008

Azul eléctrico

Eran dos personajes antagónicos, dos contrarios alejados el uno del otro. Sin embargo compartían el mismo color de iris. Ambos poseían ese tono claro y límpido, exactamente idéntico.

Uno era guapo y hercúleo, de tez morena y pelo oscuro. Otro, desgarbado, enclenque con la piel mortecina, llena de manchas y el cabello pajizo y enmarañado. El primero hablaba con contundencia y rigidez, intentando ocultar su flagrante carácter tímido. Este fenómeno acrecentaba la admiración que infundía a los demás, especialmente entre el público femenino. Lo intuían como un ser misteriso. Su timidez no constituía ningún tipo de barrera, al contrario, lo hacía más interesante. Pensaban que desenmascarar su inexpresión facial y esos ojos estáticos sería una especie de expedición hasta algo tan bello y lejano como la luna. En cambio, cualquier canon impuesto producía en mí la más absoluta indiferencia. Era incapaz de enamorarme de alguien que no sólo desaprovechaba su supuesto atractivo, sino que utilizaba aquello como un arma de doble filo para encandilarnos, prerrogativa a la que sucumbieron todas sus víctimas excepto yo.

El tipo enclenque tenía los mismos ojos que el primero pero se me antojaban dos universos completamente diferentes, uno infinito y el otro vacío, respectivamente. Tenía mirada de actor, una virtud que con el tiempo y la experiencia se puede adquirir. Sin embargo, la suya era una característica innata, consustancial a su naturaleza única. Mirarle fijamente era un pasatiempo agotador, sus pupilas te atrapaban y te iban consumiendo poco a poco, provocándote pequeños espasmos en la boca del estómago. Sus ojos de azul eléctrico proporcionaban descargas que te hacían temblar. Luego estaba ese rostro cansado de tonos cambiantes, no importa cuanto lo hubieses examinado siempre encontrabas algo nuevo que te incitaba a seguir buscando entre los entresijos faciales. Su voz era suave, las palabras te acariciaban recorriéndote una a una con elegancia. Cuando apartaba la vista y conseguía despertarme del trance mi cuerpo sentía aquella combinación entre las endorfinas y el sudor como si hubiese realizado un enorme esfuerzo físico. Quizás por eso nadie lo veía como lo hacía yo, la verdadera belleza es tan sugestiva como extenuante.

3 comentarios:

Don Rumí dijo...

En muchos casos la timidez es una máscara, en otros, un defecto interesado. Que sea una cosa u otra, se sabe mirando a los ojos. ¿por qué nos gustará tanto cometer esta vulneración a la intimidad? No sé. Eso es lo malo de la distancia, a las palabras les faltan ojos.

Un abrazo.

A.M.A. dijo...

Algunas personas, cuando las miras a los ojos y logras ver lo que habita en ellas, te proporsionan una experiencia similar a la que tienes cuando miras directamente una luz después de estar en la oscuridad, y luego de ver aquella regresas a esta. Otras personas, sin embargo, cuando las observas así son como una luz cuya intensidad aumenta lentamente, hasta que te das cuenta que te han dejado ciego.

Marinel dijo...

Y es que no hay nada cómo querer mirar de verdad.Nada como querer profundizar en el interior de alguien a través de su mirada que tanto dice y a la que tan poca importancia damos en ocasiones.
Y para nada hay que dejarse seducir por el envoltorio enrevesado en el que se envuelven algun@s para esconder que son tan personas como cualquiera,por mucho artificio que construyan a su alrededor...
De nuevo me dejas boquiabierta por lo bien que escribes.Ya sé que te lo digo siempre y perdona a ésta pesada, peor no puedo evitar decirlo cuando me gusta algo.
Muchos besos.