miércoles, 21 de julio de 2010

Cuarenta y cuatro grados

Cuarenta y cuatro grados a la sombra, cuarenta y cuatro grados a la sombra y yo con pantalón largo, se decía y se maldecía cuando caminaba hasta casa. En cuanto llegue me voy a quedar en bolas delante del aparato de aire acondicionado, repetía para sí mientras el calor ralentizaba sus pasos presurosos.

Le costó un mundo entero y media galaxia quitarse el pantalón, porque la capa de sudor que le recubría el cuerpo actuaba a modo de ventosa. Aunque lo que más le costó, después de haberse desecho también de la camiseta y de los calzoncillos fue desincrustarse esa capa de pegamento. Probó a rascarse con fuerza mientras intentaba ser succionado por el aparato de aire acondicionado. Apretaba cada vez más, pero el sudor se resistía. Resolvió despojarse de los calcetines e intentarlo luego. Éstos sí que cedieron, incluso al despedirse de los pies relamieron una generosa parte del pegamento. No obstante, todavía le quedaba demasiado en los pliegues que la piel hacía en sus costillas, en las arrugas de los ojos y en sus prominentes omóplatos. Esta vez no rascó, prácticamente limó, se lijó la piel con las uñas. Seguía teniendo calor y aún podía desnudarse más. Tal era su afán por desvestirse que acabó desollándose y cuando lo hallaron muerto pensaron que fue por el calor, por los cuarenta y cuatro grados. Pero yo creo que, en realidad, fue porque se desnudó demasiado y cuando se percató ni siquiera tuvo tiempo de resguardarse en un pedacito de pellejo.