viernes, 13 de junio de 2014

Fire walk with me

Cuando en la década de los cincuenta, en el norte de Estados Unidos, un padre conducía a su hijo en una camioneta por carreteras perdidas y lo llevaba hasta bosques de árboles imposibles para dejarlo solo allí durante un rato, ¿sabía ese niño que era David Lynch? Cuando, más tarde, a finales de los sesenta, ese niño ya crecido rodó su primer cortometraje, ¿se había dado cuenta ya de que era David Lynch? Cuando llegó a California para estudiar cine, ¿era menos David Lynch que cuando un par de años más tarde, decidido a dejar el American Film Institute, aceptó seguir, sobornado por la financiación de la escuela, que produjo Eraserhead? Cuando Dennis Hopper, con los ojos desorbitados ante las piernas entreabiertas y desnudas de Isabella Rosellini, inhala poseído nitrato amílico con la ayuda de una mascarilla, ¿era consciente de que estaba siendo David Lynch? Y cuándo Willem Dafoe descuartiza con la mirada el cuerpo de Laura Dern en Wild at heart, ¿era consciente entonces? ¿Ni siquiera cuando el Club Silencio gritaba su nombre lo escuchó? ¿Es David Lynch el único que no se ha dado cuenta de quién es David Lynch o somos nosotros los que hemos caído en el engaño y, como le ocurriera a aquel personaje de Borges, hemos querido salvar a alguien que caminaba sobre el fuego, ignorando que también nosotros lo pisamos sin quemarnos? ¿Acaso no consiste en eso ser David Lynch?