miércoles, 30 de junio de 2010

La luna se puede tomar a cucharadas*

Tumbado allí boca arriba estaba a punto de quitarse de la cabeza a Luna, su sonrisa escurridiza y su cuerpo retráctil cuando se le ocurrió fijarse en la luna. Esa noche estaba llena, igual que podría haber estado vacía, igual que Luna. No sabía realmente a qué jugaba, si es que jugaba a algo, o si sólo se limitaba a seguirle el juego. Tampoco sabía si, como la luna, ella tendría dos caras de las cuales mostrase únicamente una, ni si su cara oculta sonaría a Pink Floyd o constituiría un ruido como otro cualquiera, polvoriento y contaminante. Pensó en llamarla de nuevo, en ofrecerle compañía y conversaciones triviales para distraer el insomnio. Rechazó la idea al instante, hacía justo una semana de aquello, demasiado calculado, demasiado previsible y aburrido. Luna no aceptaría y si aceptaba lo haría sólo para confirmar sus sospechas: J. es un tipo acabado y soporífero. Vencería la vigilia conmigo en el sentido más literal posible, se dormiría nada más verme y jamás se volvería a despertar mientras yo estuviese delante, pensaba. Pero resulta imposible concentrarse, resulta imposible concentrarse si no es en ella en una noche como esta, cuando la luna está llena y vacía y me reta con el lado que no compuso Roger Waters, seguía cavilando J.

* o como cápsula cada dos horas.