domingo, 19 de febrero de 2012

Todos esos males

Dormir mal, porque se acostaba muy tarde y un vagabundo que tocaba el acordeón en la entrada de su edificio todos los días desde las ocho de la mañana hasta las ocho de la noche y repetía una y otra vez unas notas desgatadas que producían algo similar a la canción Bésame mucho lo despertaba muy temprano; malcomer, porque se alimentaba a base de latas de atún y cafés infames con regusto a alcantarilla; caminar mal, porque nació con la pierna derecha ligeramente más larga que la izquierda y quedó condenado a pasearse como un cojo crónico; bailar mal, porque era consecuencia de su anomalía en las piernas y porque en cualquiera de los antros que frecuentaba movía su cuerpecillo como un gusano que intenta escapar de la suela de una zapatilla de la talla cuarenta y tres; ver mal, porque era miope, repudiaba las lentillas y hacía cuatro años que no se había cambiado los vidrios de sus gafas, a pesar de que su óptico le había anunciado un aumento de dioptrías; maldecir, porque así pasaba los ratos muertos mientras miraba por la ventana y se ensañaba con los transeúntes; leer mal, porque estudió el canon y se limpió el culo con él y abominó a los profesores que se lo enseñaron; todo esos males hacían que Conrad Desmond no solo escribiera bien, sino que escribiera incluso cuando no escribía.