viernes, 2 de marzo de 2012

El de la capucha blanca

El de la capucha blanca siempre está ahí, con su chaqueta negra, su pantalón negro y su piel, también negra. En la oscuridad de la calle solo se distingue su capucha. A veces también le sirve para resguardarse de la lluvia. No sé si en París llueve, pero en la rue de la Roquette sí que llueve. En la ventana de H. llueve mucho, quizá no tanto en la calle, solo en su ventana, a través de la cual observa al de la capucha blanca y a la que cuenta su historia. El de la capucha blanca siempre está ahí y en todas partes. Siempre hay alguien oscuro, vestido del color de su piel, salvo por la capucha blanca. Fuma y pide fuego a las chicas que pasan delante de él. Fuma y bebe y no hace otra cosa más que estar en todas partes. La capucha blanca, causa inmanente de su existencia, se ha convertido en un trozo de asfalto más de la calle y de todas las calles de París que H. recorrió y que la narradora describía a su paso. El de la capucha blanca es el papel, H., la tinta y yo la mano y el resto del cuerpo que escribe.