viernes, 4 de julio de 2008

Oscuridad melódica

El sofocante calor de una noche cualquiera de verano lo sumía en un taciturno estado de vigilia. Las gotas diminutas de sudor eran casi inapreciables pero lo suficientemente abundantes como para maquillar su rostro con ese tono brillante y húmedo tan característico en esa época del año. Su piel se pegaba a las sábanas y sus manos parecían estar a punto de derretirse. Normalmente solía dar vueltas sobre el lecho, retorciéndose, tanteando los dos lados de la cama con tal de conciliar el sueño. Pero esa noche ella dormía plácidamente a su lado, lo cual constituía una irresistible distracción que no hacía sino acrecentar su insomnio, disparando el funcionamiento de sus cinco sentidos para no perderse detalle de la imagen onírica, muy lejos de estar dispuesto a cerrar sus ojos. Rechazaría su sueño para concentrarse en el de ella. Sólo el cadencioso sonido de su respiración resultaba razón más que suficiente para pasar la noche en vela. Respiraba con la elegancia de un cisne al pasear sobre las aguas cristalinas del Sena, suave y lento como caricias rozando sus párpados. La musicalidad de cada suspiro acompasaba los latidos de su corazón y sus labios que se estremecían, jugando entre ellos sutiles y delicados. La penumbra no impedía que reparase hasta en el más insignificante detalle de su cuerpo, desde los mortecinos y finos dedos de sus pies hasta cada uno de los diferentes matices que su cabello adquiría desde esa luz en blanco y negro.

Al contemplarla desnuda tan relajada y tan frágil como una pompa de jabón, no pudo evitar acordarse del día en que se conocieron; cuando él escribió su nombre junto con su teléfono sobre una servilleta sucia y roída. Ella le gritó cuando se percató que había escrito Elena en lugar de Helena y él le contestó con el mismo tono impertinente que la ‘’h’’ en castellano era muda y ese afán por colocar letras innecesarias solamente sacaba a la luz un esnobismo innato que él ya sospechaba desde un principio. Entonces ella, enajenada y con la vena que le recorre el cuello y termina en su oreja izquierda a punto de explotar, profirió con un discurso sobre el sentido etimológico de su nombre que hacía que el castellano heredara a través del espíritu áspero del griego esa ‘’h’’ y acalló toda protesta posible. Desde ese momento se juró a si mismo no volver a ver a ese individuo tan extravagante y petulante como él. Y sin embargo, precisamente desde aquel instante no han vuelto a separarse. Helena entornó los ojos y realizó un fallido intento por incorporarse. La atenta mirada de su cómplice la había despertado.

-¿Qué pasa, Carlos? ¿Estás bien? – preguntó ella con su voz meliflua y aterciopelada.

-¿Cómo? ¡Me has despertado! Estaba durmiendo como un tronco – exclamó mientras fingía un estruendoso bostezo.

1 comentario:

Mario Gil dijo...

Debe ser la hora, o el calor, o las gotas casi imperceptibles de sudor tan características de esta época del año, no sé, pero me ha encantado.

Cuando una descripción te pone los pelos de punta y hace que se te acelere un poco el pulso, es que hay talento, y hay talento de verdad.

No tengo mucho más que decirte, me despido desde la oscuridad melódica de las 0:20, gran entrada Alba.