lunes, 23 de marzo de 2009

Medusa de poca monta


Era dulce e ingenua sin proponérselo. Se trataba de ese tipo de inocencia que sólo los niños poseen cuando hablan o ríen. Sus ojos nunca mentían. En las pupilas podía adivinársele perfectamente cómo se encontraba ese día. La mayoría de ellos parecía feliz, feliz en aquella ignorancia meliflua que ella no había estudiado, pero sí elegido, porque después de todo, sabía que no iba a ser feliz si se despojaba de su inocencia. Así pues, cuando una vez descubrió la ingenuidad, la tomó como su nueva religión. Se convirtió en una dogmática de la candidez y vivió según sus preceptos hasta que un día alguien se aprovechó de la pobre beata.

La inocencia se transformó en llanto y enseguida, en furia. Intentó metamorfosearse en Medusa y cambiar sus ojos tímidos por unas corneas sangrientas que petrificaran a todo aquel que osase mirarla. Sería una Medusa que no se dejaría vencer ni por un Perseo escoltado por un séquito de tanques. Pero la metamorfosis fracasó. Los ojos que petrificaban se quedaron en una inofensiva mirada desencajada y las serpientes, en una generosa ración de espaguetis. Enfundada en aquel traje mitológico de pacotilla fue más desgraciada que nunca. Pocos días después acabó devorándose a si misma y murió a causa de una indigestión con un plato de pasta a la boloñesa.

3 comentarios:

PurplePig dijo...

Que grande eres, luciernaguilla

A.M.A. dijo...

Señorita, hay un cabello en mi comida. Y tiene tomate.

El hombre sin sombra dijo...

Lo has conseguido.

Ya nunca volvere a comer pasta a la boloñesa en la vida.

Ahora lo haré a la carbonara.